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“¿Cómo superar una época en que la educación corre el riesgo de ser sólo un negocio, donde la excelencia de la educación está concebida para perpetuar la desigualdad, donde la formación tiene un fin puramente laboral y además no lo cumple, donde los que estudian no necesariamente terminan siendo los más capaces de sobrevivir? ¿Cómo convertir la educación en un camino hacia la plenitud de los individuos y de las comunidades?”, estos son algunos interrogantes que el escritor y ensayista William Ospina se formula a través del texto: Preguntas para una nueva educación, presentado en el Congreso Iberoamericano de Educación, Metas 2021, celebrado en Buenos Aires (Argentina) en septiembre del año 2010.

Estas son tal vez muchas de las cosas que uno se llega a preguntar en algún momento, y más en un país como Colombia, en donde el nivel de educación es uno de los más bajos del mundo, donde no se han preocupado por la calidad, sino por la cantidad, porque en un colegio público en donde hay más de 40 estudiantes por salón y se supone que cada uno debe tener un buen nivel en educación y aprendizaje a diario, nunca se va llegar a cumplir lo que debería ser correcto, contar con un buen nivel de educación, aprendizaje y formación tanto académica como personal en cada uno de los más de 40 estudiantes que se tiene por grupo.

Sin embargo, una cosa lleva a la otra y es también el momento y la época por la que estamos pasando, una época en donde todo transcurre de manera desenfrenada y efímera, vivimos y nos desenvolvemos en un entorno manejado por la industria cultural, esa que produce todo el tiempo para nosotros, sus consumidores y clientes más fieles, donde cada contenido que nos llega es estrictamente pensado y aprobado para que cumpla un propósito específico. Tal vez a esto se le debe en parte la deficiencia en el nivel de educación y la carencia de conocimiento.

No se debe echar toda la culpa al sistema de educación, también hay que darle la importancia y la influencia que tienen los medios de comunicación y la responsabilidad que falta muchas veces a la hora de generar contenidos, teniendo en cuenta que estos pueden ser consumidos por cualquier persona, incluyendo niños en formación, dándole a este toda la información procesada y de manera tan rápida que no se tiene oportunidad de analizar y pensar de manera crítica lo que se está consumiendo, así como la falta de igualdad en la sociedad y muchas veces la competitividad y esa lucha constante por ser los primeros y los mejores de las clases, influyendo en que los demás se sientan inferiores, pierdan la motivación y sufran de baja autoestima. “A veces la educación no está hecha para que colaboremos con los otros sino para que siempre compitamos con ellos, y nadie ignora que hay en el modelo educativo una suerte de lógica del derby, a la que sólo le interesa quién llegó primero, quién lo hizo mejor, y casi nos obliga a sentir orgullo de haber dejado atrás a los demás”.

Para tener una buena educación, se debe partir desde lo más mínimo como lo es el caso de saber relacionarse con el otro, de aprender a respetar el lugar de los demás, y saber que estos tienen los mismos derechos y las mismas oportunidades que puedo tener yo como persona, además de poner en un segundo plano el lucro que esta pueda generar.

Artículo escrito por:

Carolina Valencia
Estudiante de III Semestre
Comunicación Audiovisual y Multimedios
Fundación Universitaria del Área Andina, seccional Pereira
cvalencia29@funandi.edu.co

* Imagen tomada de www.lapatria.com

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Norberto Chaves es un irreverente de la comunicación. Unos lo señalan de soberbio, para otros es un disciplinado de oficio. Sus conceptos abrieron camino del diseño actual. Aquí la entrevista.

Norberto Chaves divide la opinión. Sus apreciaciones, muchas de ellas en tono grosero, fomentan el debate, trazan una línea conceptual definida, y su pensamiento sienta una postura moderna en el campo del diseño. Es hoy, uno de los analistas, docente y consultor más solicitados por las agencias de diseño en Latinoamérica.

Cursó varios semestres en la Facultad de Filosofía y Letras, que combinó después con los semestres de Arquitectura en la Universidad de Buenos Aires –UBA– en la Argentina, país donde nació. Sus palabras levantaron ampolla en el pasado encuentro de Comunicación y Diseño celebrado en la Universidad de Palermo, donde muchos de los estudiantes abandonaron del auditorio. Meses más adelante estuvo como ponente invitado en el Tercer Congreso Internacional de Diseño e Innovación –Dinova–, realizado en la Fundación Universitaria del Área Andina Sede Bogotá, donde no se guardó nada. Durante su intervención, advirtió que era necesario ser más exigente con los futuros profesionales, hizo reclamos, elaboró conceptos y pidió pasión por el oficio de comunicar.

Usted se caracteriza por ser irreverente y a veces grosero, ¿cómo le va con esa actitud?

Yo hablo como pienso. Si hay algo que he odiado toda mi vida, es el academicismo, porque es uno de los tóxicos más discapacitadores y más cuando se trata no de ciencias sino de oficios. El diseño es un oficio. El diseño, como todo oficio se aprende ejerciéndolo. En las universidades solo te pueden dar unas líneas o unas sugerencias para que tú te sitúes, para que tú sepas a qué te vas a dedicar y cuáles son los problemas que vas a tener que resolver, pero no te van a enseñar a diseñar, te van a introducir en el diseño. Tu formación como diseñador se hará en la tarea, en la atención a los clientes…te equivocarás y mejorarás. Esto es un oficio y está vinculado a una jerga, que no tiene una categoría científica, entonces yo hablo de la misma manera que trabajo y hablo de la manera que mejor me entiendan. Si yo digo: esta marca es una mierda, produzco un impacto de comprensión mucho más rápido que si digo: esta marca no es buena. Luego explico la semiótica. Yo transmito contenidos teóricos y los explico para que la gente los entienda. Tampoco todo es grosería. Ahora, hay un límite. Hay ciertos contenidos que son categorías teóricas como la semiología que la deben aprender.

Veo que es fuerte y le habla duro a los estudiantes, ¿cómo es la relación con ellos?

Hay dos respuestas: indiferencia por parte de unos, los cuales siguen ‘drogados’ con el tema del diseño y con esa falsa fama que se le ha creado. A los otros, les pica la curiosidad y me escriben, y siempre respondo. Las preguntas que me hacen son provocadoras para que yo logre una respuesta seria.

¿Qué es para usted la creatividad?

Es un tema muy rico y complejo. En el campo del diseño y en otros campos, es lograr en una situación sin salida, una respuesta inesperada que lo resuelve todo. Y lo encuentra porque ese sujeto es sensible y posee conocimientos alternativos. Es una sensibilidad de selección y combinación de elementos atípicos. Es una respuesta que a nadie se le había ocurrido. Es tener una serie de alternativas imprevistas y saberlas combinar para resolver un problema que desde días atrás no estaba resuelto. La creatividad, por ejemplo, no es inventar pólvora, sino es inventar una pólvora que no haga ruido.

¿Cómo desarrollar esa sensibilidad?

Para desarrollar esa sensibilidad, el estudiante debe estar en contacto con el mundo. Debe aplicar sus sentidos en la calle. Esa debe ser una actitud permanente. Debe estar mirando el mundo, mirando las cosas nuevas, cada anuncio y debe evaluar si es bueno, malo o regular. Debe desarrollar su musculatura jurídica, que es un juicio crítico de cada cosa que sucede.

Usted habla de la sensibilidad y lo cultural como requisito para un profesional. ¿Explíqueme esos conceptos?

Por la falta de cultura y de sensibilidad se hace demasiada publicidad de la investigación. Un investigador inculto, no resuelve problemas. Lo único que va a reunir es una cantidad de datos, que no va a saber cómo combinar ni ponderar y eso se debe a la falta de cultura. En cambio una persona sensible que va por el mundo, recoge estímulos, datos, información, va a encontrar la solución. Ese sujeto tiene sus ‘alforjas’ llenas. Busca detalles, detecta cosas, mira el mundo… y esa sensibilidad es lo que le permite a esa persona brindar soluciones.

Usted también ha dicho que se debe insertar la cátedra de ‘cultura’. ¿Cuál es su apreciación?

Cuando entré a la Facultad de Arquitectura, nos masacraron con la Cultura Occidental. Vimos la historia de la arquitectura en imágenes. Escuchamos música de todas las corrientes y épocas. Nos bombardearon con cultura. Nos quedamos apabullados. Yo me dije: ¡joder! Yo voy a tener que ver con esto, así que eso lo tengo que aprender, lo tengo que entender y lo tengo que vivir. Saber distinguir una obra del Renacimiento con una obra del Barroco. Un día me encuentro con una portada donde ponen un tema del Renacimiento y la confunden con una del Barroco, eso es permanente. Yo siento ese vacío, porque al diseño se le considera una panacea, como que el diseño contiene todas las respuestas. El diseño no contiene nada, no es un almacén ni una farmacia. El diseño es un proceso de análisis, selección y combinación y eso está en función de la cultura. Entonces para saber seleccionar, para saber qué es lo principal y qué es lo secundario, qué es lo primero y qué va después y cuáles son las decisiones que se toman antes y que se toman después, hay que tener una formación.

Usted hace parte de una generación de argentinos que se destacan, como Carlos Scolari, Alejandro Piscitelli, entre otros. ¿Cómo encuentra esa característica?

Esa es una característica bastante común de la Argentina. Se lo digo sin ningún tipo de fanfarronería. Es un país que no tiene ningún patrimonio histórico cultural tan grande como los demás países hermanos. Es un país de inmigrantes, donde las culturas indígenas han desaparecido, donde no hay un patrimonio importante y que no tiene una identidad muy fuerte, entonces el argentino lo que hizo fue refugiarse en la inteligencia. El argentino se ha privado de un patrimonio como el que tiene: Colombia, Cuba, Brasil o Perú, entonces se ha refugiado en la inteligencia.

Viene de familia. Mis padres siempre están de broma. Yo me tengo que divertir. Yo me divierto con el juego de palabras. Si me viene un chiste, lo tengo que soltar.

Entrevista realizada por:

Franklyn Molano Gaona
Docente
Comunicación Audiovisual y Multimedios
Fundación Universitaria del Área Andina, seccional Pereira
fmolano@funandi.edu.co

El grato humor, el chiste fino, las situaciones contradictorias, la frase inteligente y un elenco comprometido y profesional, caracterizan la nueva serie web ‘Entre panas’ dirigida por Carlos Moreno (Escobar, el patrón del mal; Todos tus muertos; El cartel de los sapos; y Perro come perro).

Por sus trabajos, se percibe que Moreno tiene un interés por cultivar y acercarse a la comedia. Rasgo de lo anterior se pudo ver en la serie “Los caballeros las prefieren brutas” (2010), la cual se destacó por el humor que funcionó como hilo conductor de la historia. La serie que se llevó decenas de nominaciones y reconocimientos, dejó ver una propuesta diferente, renovada, atractiva y relajada para un televidente que encontró en esta producción una invitación a reírse de la cotidianidad.

Ahora Moreno se lanza con “Entre panas”, que utiliza el recurso del sitcom (abreviatura en inglés que significa comedia de situación), que consiste en la realización de distintas situaciones donde los episodios se desarrollan en las mismas locaciones y con los mismos personajes, y en donde se suelen incluir risas grabadas o público invitado.

El trabajo desata carcajadas, pero el propósito más allá de la continua risotada, es ver cómo los realizadores nacionales están a la caza de plataformas para la difusión de sus historias. Las cifras son contundentes. En el portal de España denominado 20 minutos, se dio a conocer un reciente estudio que señala: “el 96 por ciento de los jóvenes usa internet, la mayoría a diario y principalmente para entretenerse y formarse, si bien para informarse opta por la televisión, seguida ‘muy de cerca’ por internet”.

El estudio fue presentado por el director de Gabinete de Prospección Sociológica del Gobierno Vasco, Víctor Urrutia, el cual recoge opiniones de 1.272 jóvenes de 15 a 29 años y otras 1.696 personas mayores de esa edad.

Pero el tema de las series web toma cada vez más fuerza. En entrevista publicada el pasado 4 de octubre en la revista Semana, bajo el título: El ‘duro’ de Netflix, realizada a Ted Sarandos, director de contenidos de serie de esta empresa, el ejecutivo respondió a la pregunta: ¿Cuáles serán los hábitos de los televidentes en 10 años? ¿Desaparecerá la televisión tradicional? Sarandos dijo: “No creo. La emisión de eventos en vivo como deportes o noticieros sigue siendo muy importante. Pero creo que a las series como tal si les va mejor al estar “on demand” y son mejores en servicios como Netflix. La gente ya no tiene tiempo para ver lo que quiere ver cuando lo están dando. Internet hace que el consumidor pueda tener una experiencia más acorde con lo que quiere. Es como leer un libro, uno decide cuánto y cuándo quiere leer”.

De esta manera la mirada del realizador se amplía. La clave está en buscar esos públicos que migran hacia la red en busca de nuevas historias y mejores contenidos. Es necesario que esos realizadores piensen en series novedosas, curiosas, sencillas y fáciles de contar. Si ese realizador va en busca de esas plataformas diferentes a la pantalla chica, debe pensar en un equipo de producción que este dispuesto a trabajar de manera colaborativa y, por último, lo que queda después de ver los primeros capítulos de “Entre panas”, es apostarle al humor, a este país le hace falta reírse y carcajearse de sí mismo.

Extraída desde: www.entrepanas.co

Extraída desde: http://www.entrepanas.co

Artículo escrito por:

Franklyn Molano Gaona
Docente
Comunicación Audiovisual y Multimedios
Fundación Universitaria del Área Andina, seccional Pereira
fmolano@funandi.edu.co

Hoy en día encontramos que el mercado audiovisual es altamente competitivo y son cada vez más los grupos de jóvenes realizadores que toman la iniciativa de consolidarse como empresa; pero ¿cómo lograr hacerse visible ante la amplia oferta existente? ¿cómo alcanzar cierto nivel de reconocimiento y prestigio? Es en este punto cuando el discurso de construir un buen reel (la suma de nuestros trabajos como realizadores y productores) y hacer hoja de vida cobra importancia.

A lo largo de la carrera realizamos varias piezas en las que es posible evidenciar el crecimiento tanto técnico como conceptual y argumentativo. Son precisamente estos productos los que se convierten en nuestra primera imagen de presentación como realizadores audiovisuales ante el mercado laboral.

Pero ante las distintas producciones universitarias de carreras afines con el audiovisual, ¿cómo hacer para qué unas sean más representativas y tengan mayor peso frente a otras?

Actualmente la realización de muestras, eventos y festivales audiovisuales ha tomado fuerza y hoy es posible encontrar numerosas convocatorias con temáticas libres y/o definidas para que realizadores universitarios den a conocer sus productos mediante diversas ventanas de exhibición y en algunos casos recibir un reconocimiento económico o simbólico como resultado de una premiación.

El participar en estas convocatorias y lograr estar entre los finalistas o ser parte de los ganadores de una de las categorías, se convierte en un elemento que marca la diferencia y proporciona mayor peso frente a otras hojas de vida, además que brinda reconocimiento y ayuda al posicionamiento de un realizador o de una marca como productora que se esté desarrollando.

Es por esto que desde la orientación brindada en el asignatura de Mercadeo de Medios, se llevó a cabo la búsqueda de convocatorias nacionales en las que producciones universitarias tuvieran cabida y contribuyeran al desarrollo de nuestros productos audiovisuales y fuera posible hacerlos visibles en más escenarios y para más espectadores.

A continuación les presentamos una tabla de los diferentes festivales, muestras, y/o convocatorias encontrados para los que pueden aplicar producciones realizadas por estudiantes universitarios:

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Investigación realizada por:
Johanna Hincapié Rendón
Estudiante VI Semestre
Comunicación Audiovisual y Multimedios
Fundación Universitaria del Área Andina, seccional Pereira
jhincapie@funandi.edu.co
@HincapieJoha

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Jorge Luis Crowe se levanta en las mañanas, agarra su ‘bici’ y parte hacia la Universidad Nacional Tres de Febrero (Untref) donde es profesor en la licenciatura de Artes Electrónicas y en la Maestría de Artes Electrónicas en Buenos Aires (Argentina). Luego se dirige hacia el Instituto Universitario Nacional de Arte, donde da clase en posgrado de Teatro de Objetos Interactivos y otros medios. Integra además el colectivo de Tecnología para niños y como proyecto personal está al frente del laboratorio de juguetes. “Una vida tomada por la docencia”, dice Crowe en las afueras del Teatro Los Fundadores en Manizales (Caldas), donde fue invitado como ponente en el XIII Festival Internacional de la Imagen. “Para mí la idea es crear con la mano, y no detenerse. Es darle curso a materializar las cosas que estén a mano, ya sea con una cámara de ocho megapíxeles, un celular, una cámara fotográfica analógica o si es papel y un carboncillo, en hora buena”.

¿Cuál es el camino más adecuado para que los estudiantes se enamoren del audiovisual?

Vivimos en un entorno audiovisual muy poderoso, y entonces ya contamos con un territorio allanado. A mí lo que me interesa es mezclar lo audiovisual con el material. Que los estudiantes puedan pasar del proceso de factura manual de las cosas y que haya un vínculo fuerte con la realización manual.

Que haya confianza en los materiales con que se cuentan. Intentar no sentirse detenido por la falta de recursos tecnológicos. Utilizar la cámara que haya, las luces que se tengan, –si es que las hay– y confiar un poco en los materiales personales y en las ideas, más que el entorno técnico.

Que no haya condiciones en cuanto a las historias, especialmente cuando se trabaja con jóvenes o con niños, o sea, intentar no limitar el discurso. Confiar en los contenidos, incluso si aparecen temas que sean polémicos, que pueden ser de reflexión, pero intentar a priori, no direccionar o no conducir los contenidos o los mensajes hacia ningún territorio.

De acuerdo a lo que me ha dicho, ¿Usted cree mucho en ‘el hacer’?

¡Siiiii! Yo creo que es terriblemente emporedador. Es decir, en un mundo dominado por las ideas, recuperar el amor por la factura manual de las cosas es importante, sobre todo en la infancia y en la juventud, que ya están tomadas por el mundo de la tecnología y las pantallas táctiles –que las considero maravillosas–, pero hay que estar atento a que no ganen terreno. Que los estudiantes pertenezcan al torno, a la aguja, al formol, al pincel, a la tijera y al destornillador. Es estar atento a que se le dé espacio al hacer y a la factura manual, eso eleva la autoestima, genera confianza y autoconciencia de poder transformar la materia de manera creativa.

Ha comentado, que los docentes tienen una tendencia a decirles a los alumnos cómo hacer las cosas y poco se deja que el alumno proponga. ¿Cómo enfrentar este aspecto?

Ni siquiera yo estoy exento de eso. Yo me encuentro todo el tiempo bajándoles línea a los alumnos y me muerdo la lengua cada vez que intento reprimirlos. No hablo de una situación que yo haya superado, es algo que nos pasa a todos.

Crecimos con una vocación conductista y somos un poco esclavos de eso. Hay que verbalizar con los muchachos y decirles las cosas. No voy a decir nada nuevo, pero el rol del docente debe ser, crear el espacio para que las cosas sucedan más que provocarlas. Se debe crear un entorno donde esté la sapiencia del profesor y la habilidad del alumno, más hoy, cuando los estudiantes tienen un conocimiento de la tecnología infinitamente superior que tiene el profesor y sé que maestras y maestros se sienten desafiados por eso.

Los docentes tenemos un conocimiento fruto de la experiencia de la vida que es determinante y que nos pone en otro lugar. Si bien, no conocemos la última aplicación o la más reciente herramienta tecnológica, pero si generamos un espacio para que las cosas sucedan y tenemos la predisposición natural de sostener y guiar ese proceso, las cosas que sucedan, van a ser súper poderosas y profundamente formativas.

¿Qué recomendación ofrece usted para enfrentar a estudiantes muy pasivos y a los muy extrovertidos?

Con los muy pasivos intento una primera aproximación para atraerlos y si no es así, espero para que vean que sus compañeros la están pasando bueno y están haciendo cosas interesantes, entonces ellos terminan por integrarse.

Y con los muy inquietos, les doy tareas jerárquicas: que distribuyan las herramientas o que sean mis asistentes. En general esos chicos están acostumbrados a ser los ‘niños problema’ y ponerlos en una situación jerárquica con respecto al resto de los compañeros, los coloca en una situación especial con respecto a sus compañeros. Nada funciona por la fuerza. Estas no son prácticas que me he inventado yo, pero funcionan.

¿Cuál es el perfil del realizador audiovisual de hoy?

Creo que las cosas que nos conmueven, nos movilizan y nos generan cuestionamientos siguen siendo las mismas desde hace miles de años, así hayan cambiado los soportes y los formatos, pero finalmente siguen siendo las mismas cosas.

Tenemos mejores cámaras y ahora podemos hacer cosas más complejas, pero deben ser cosas que conmuevan, que sean honestas e integras, y si las cosas están hechas desde ese lugar, eso me toca. Entonces aquel lenguaje que está hecho por un verdadero realizador me toca la esencia y me moviliza hacía algún lugar y eso para mí resulta suficiente.

Entrevista realizada por:
Franklyn Molano Gaona
Docente
Comunicación Audiovisual y Multimedios
Fundación Universitaria del Área Andina, seccional Pereira
fmolano@funandi.edu.co

Comentario acerca del libro “Balas por encargo” del escritor pereirano Juan Miguel Álvarez 

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La venganza es un demonio, un parásito tan oscuro que se aferra a nuestra alma consumiéndonos y alimentándose de nosotros poco a poco para crecer, y así hacerse más fuerte, dejando un cascarón vacío que con el tiempo tiende a evaporarse liberando sus partículas que flotan por el cosmos.

Éste tipo de historias llenas de odio, miedo y sangre son muy común en un país como Colombia, donde un niño que crece en medio de la violencia y las drogas, va formando su camino pavimentado de cadáveres con tan solo recibir un arma de algún extraño, el cual al ofrecerle una buena paga, un vehículo y balas, lo compra para así volverlo su lacayo y dejar caer sobre él, el manto de la muerte.

En el texto (Balas por encargo – Editorial Rey Naranjo, año 2013), se relatan diferentes tipos de historias de sicarios, cada uno con el mismo destino que el anterior. La muerte, pero con un trayecto muy diferente, uno más temido que el otro, uno con un problema psicológico mucho más serio que los demás, uno que sobrevivió a todo esto, con la oportunidad de poder contar su historia. La forma en como sobrevivió de la maquiavélica mano de Ancizar Porras (Alias Rambo), tal vez uno de los más temidos en este relato.

Ancizar Porras (Alias Rambo) conocido sicario, un loco por completo que amaba asesinar sin importarle nada, escapar en varias ocasiones de su mano asesina, algo que pocos en este oficio logran hacer. Temido tanto por otros matones como por políticos, recorrió un largo camino con el que dejó tras de él a muchos cadáveres.

Lo que tienen ellos en común, por muy macabro que parezca, es que amaban lo que hacían, no tenían remordimientos de nada. La venganza para ellos era algo que alimentaba ese amor por el asesinato. Las disputas entre familias era lo que ocasionaba tal odio. Esto acompañado de la falta de educación y las condiciones en las que el país nos pone a los colombianos, que nos arrastran cada vez más a elegir la delincuencia, cruzar esa delgada línea entre el bien y el mal.

Un país donde las oportunidades son mínimas, los pobres deben rebuscarse el dinero de cualquier manera. Algunos con las agallas o el desespero que los hace llegar hasta límites inimaginables, y esto genera violencia.

Al igual que la despreocupación de su pueblo por estos actos, que los toman a mal pero por otra parte están siendo hipócritas, ya que rechazan de la peor manera estos actos violentos como los asesinatos y el narcotráfico. Pero a su vez compran los productos que el crimen usa para llenar sus bolsillos. Así que todo es como una paradoja, o un bucle interminable dónde una cosa alimenta la otra y viceversa.

Los sicarios de este país son como caballos desbocados. Toros sueltos en plena corrida por las calles de España. Entran en un frenesí asesino del cual es imposible pararlos. Sólo se detienen cuando han cumplido y saciado su sed de sangre.

Temidos por muchos, tanto gente de sus barrios, como políticos con grandes cargos en el gobierno. Los que no le temen o quieren controlarlos, los usan para su propio beneficio, sus matones a sueldo.

Las personas, victimas y demás solo pueden ver impotentes como estos demonios bajo la piel de hombres hacen y des hacen a sus anchas en un país lleno de cicatrices y remiendos.

Las historias contadas en este libro -del autor Juan Miguel Álvarez – habla de las ciudades de Pereira y Cartago. Yo, como ciudadano de Cartago (Norte del Valle) he oído historias por parte de mi padre, quien le tocó vivir ese periodo donde los sicarios mataban por doquier. Bueno, ahora lo hacen también, pero antes era un descontrol total.

A cualquier niño que vieran sin un futuro por delante lo reclutaban en su ejército de la oscuridad, les daban un arma y para entrenarlos les decían. “Salga al pueblo y mate a todo aquel que tenga una camiseta de color rojo, así mejora la puntería y coge finura”.

Usaban la droga como esa energía extra para realizar sus deberes sin ninguna compasión, y cuando simplemente sus jefes los veían como un estorbo o ya no los necesitaban, los mataban sin pensarlo dos veces.

En conclusión esto no ha acabado, pero en este país la violencia es constante, en unos pueblos siempre está presente. Aunque a veces es como un carrusel. Tiene fechas altas donde todo se calienta, y sus bajas donde es un poco más relajado. Pero siempre con la mirada asesina y la muerte sobre nuestros cuellos.

Escrito por:
Diego Pamplona
Estudiante III Semestre
Comunicación Audiovisual y Multimedios
Fundación Universitaria del Área Andina, seccional Pereira
dpamplona@funandi.edu.co
@CerealKillerD

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Vivimos en un país, en el que un día cualquiera, saliendo de nuestras casas podemos ser amenazados con armas de fuego, ser víctimas de robo y hasta matarnos, y para la mayoría de los colombianos es normal. Es una realidad que en el país, la situación de la violencia sea aceptable, que nos hayamos acostumbrado a las clases dominantes ávidas de poder y dinero, que trivialicemos la vida y no nos apropiemos de la gravedad de lo que vivimos, y elijamos resignarnos en lugar de exigir términos más equitativos en asuntos económicos y sociales.

En Colombia, un país en donde cada día mueren 48 personas en hechos violentos[1], nos quejamos pasivamente de las injusticias que a diario nos muestran las noticias, pero luego salimos a vender nuestros votos por cualquier cosa, que sin duda, no se compara con el valor de elegir bien al que con sus propuestas, quizás, pueda mejorar la situación de violencia de la que ya estamos atestados.

Esa misma conciencia que vendemos, es la misma de esos jóvenes que son comprados con dinero y motos, para matar a los que no pagan una deuda, a los que ofendieron, a los que intentan hacer de este país un mejor lugar o simplemente, al que esas personas llenas de poder, a esas, a las que indirectamente beneficiamos, decidan acabar sin ningún problema.  Y sin ningún problema, por la facilidad con la que pueden conseguir los medios para cometer el delito, y porque aunque existan consecuencias legales en teoría, en la práctica, no se ven reflejadas.

Pero peor aún es la insensibilidad ante el horror de la violencia. La indiferencia con que miramos cometer un crimen y seguimos caminando tranquilos por la acera, sin importar lo que pase con nuestro prójimo. Ese sentido de solidaridad que reemplazamos por el egoísta individualismo, que permite acostarnos sin cargos de conciencia en la noche, sin importar si solo dejamos que robaran al que estaba sentado al lado en el bus, o si matamos a nuestro vecino a tiros por pelear con nosotros horas antes. Ese cinismo que nos caracteriza por criticar al ladrón, sabiendo que hacemos lo posible por evadir impuestos.

En este, el país de la alegría y de las personas más felices del mundo[2], los niños de corregimientos pobres de todas partes del país, caminan kilómetros de distancia, sin desayunar y en ocasiones sin zapatos, para llegar a centros educativos poco equipados para las labores que pretenden realizar.

En este país, donde la justicia solo alcanza para aquellos que tengan un alto poder adquisitivo, las oportunidades laborales y educativas, siempre son para los mismos que hacen favores por debajo de la mesa, y los que se rifan el país por pedazos, con la excusa de mejorar los daños que hacen los de su mismo talante.

Pero al fin y al cabo, no nos importa que tengamos que esperar horas a que nos atiendan en un hospital, sabiendo que es un derecho que velen por nuestra salud, si no es a mí al que me toca. No nos duele que nuestro esposo o padre abuse violentamente de nosotros, si no es a mí al que le que le quedan las secuelas físicas y emocionales. No nos afecta que nuestros hijos no tengan que comer en las noches, si no son los míos lo que sufren de desnutrición. No interesa vender mi voto, si a cambio recibo algún beneficio económico. Y después tenemos el descaro de decir que nosotros no somos los violentos.


[1]
Estadísticas de medicina legal 2014

[2]  Según el Barómetro Global de Felicidad y Esperanza 2014, Colombia es el país más feliz del mundo.

El estudio es  realizado en 65 países por la red Mundial de Empresas Independientes de Investigación de Mercados (WIN-Gallup International)

Escrito por:
Katheryn Ramírez
III Semestre CAM
kramirez9@funandi.edu.co 

Fotografía extraída desde:
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