Pesimismo injustificado

Publicado: octubre 21, 2011 en Uncategorized
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Había una vez un señor que vivía en un pueblo, uno de esos pueblos tristes en donde el tiempo parece haberse detenido porque sus casas, sus calles, su gente perdieron la edad.

Este señor había llegado de la Costa Caribe colombiana a las tierras cafeteras, huyendo de un matrimonio decretado por un embarazo no deseado.

Allí, en ese pueblo, se quedó a vivir, se casó, aprendió a coger café, a rondar de finca en finca en la época de la cosecha.  Se convirtió en lo que nosotros conocemos como jornalero.

Había terminado su bachillerato, era un hombre culto y no sé de dónde provenía ese gusto, mejor, ese apetito voraz por la lectura.  Desconozco los antecedentes de este vicio.  No sé si en su familia hubo personas ilustradas, si hubo un padre o una madre con cierta formación académica, o depronto un tío, una tía que tuviera tal manía por la lectura.  Qizás un maestro, o una maestra que leía cuentos o contaba historias en la clase, o que la ambientaba con poemas.

Lo cierto es que este señor cargaba una enorme maleta en la que llevaba, además de su ropa, unos cuantos objetos de uso personal.  Pero el peso desmesurado de la misma lo producían los libros que lo acompañaban entre caminos de herradura, cafetales, las muchachas de las fincas, sus sueños y sus nostalgias.

Cargaba también dentro de ella la edición del domingo de El Espectador y su Magazín Dominical, una costumbre que conservó durante toda su vida, la de leer durante toda la semana hasta la última página del periódico de los domingos.

Pero, ¿de qué trataban los libros que guardaba en esa maleta? Literatura: cuento, novela, poesía.  El Quijote encabezaba la lista, una edición viejísima, preciosa, cuyo valor hoy sería incalculable.  Y Las mil y una noches que releyó muchas veces bajo los palos de café, o a la sombra de un árbol de guamo, aguacate, no importaba dónde porque su disposición para hablar con los libros iba más allá del tiempo y del espacio.

Los momentos de ocio, los muy pocos espacios de tiempo libre que deja la dura vida del campo, los llenaba con la magia de las historias de sus libros.  Era extraño ese hombre mezclado con labriegos venidos de todas partes, sin ningún saber más allá de la tierra y el café.  Y era extraño porque él había viajado más lejos con su imaginación y tenía como nadie el don de la palabra, cuando de contar historias se trataba.

Porque aprendió a contar sus propias historias, a expresar en cuentos y poemas la amargura que llevaba dentro, generada quizá por las vueltas de un destino que se le salió de las manos.  En esos tiempos, años 50, todavía no era un señor, era un joven que soñaba con ser el creador de historias que leerían muchas personas, como leía ahora él a sus narradores favoritos.

Una mujer que lo conoció cuenta que cuando este hombre llegó en busca de trabajo a la finca donde vivía ella, quien después sería su esposa, le brindaron una habitación con los demás jornaleros, y en los días domingo, cuando se iban para el pueblo o para la fonda a invertir el jornal de la semana en aguardiente y mujeres, ella se encerraba a escondidas en ese cuarto, vaciaba la maleta de este hombre hasta encontrar los cuadernos de poemas que leía y se aprendía de memoria, para después endulzarle el oído a su novio.

La frustración surgía cuando el hombre no se perdía el domingo, porque se encerraba todo el día en la soledad de ese espacio y se dedicaba a leer y a escribir lo que después, cuando se diera la oportunidad, ella leería.  Por eso esta mujer afirma que a este hombre le tocó vivir una vida que no era la suya, que no se merecía.

Y tal vez sea cierto.  Se forjó un destino equivocado.  Se casó, tuvo hijos, anduvo por la vida montando negocios que se desbarataban solos, pero su pasión por la lectura siguió intacta.  Cuando su esposa le botó los libros que cargaba en la maleta porque eran un estorbo en los trasteos, entonces empezó a leer los libros que sus hijos adquirían para las tareas de la escuela.

Al final de su vida releyó todas las obras de García Márquez que encontró en la biblioteca familiar.  Unas semanas antes de morir, estaba leyendo La bruja, de Germán Castro Caycedo, pero no alcanzó a terminarla porque una enfermedad lo venció.

Y, ¿por qué esta historia hoy, en este momento?

Para decir que así como este hombre cargaba los libros en su maleta, nosotros hoy los cargamos en la memoria USB, en el portátil, en el IPAD… Eso significa que el futuro del libro no es tan incierto, que cambia el formato, de pronto la presentación, pero el concepto de libro, como lo conocemos hoy, seguirá vigente durante mucho tiempo.

¿Cómo son los libros en la red? Tienen portada, contraportada, varias páginas enumeradas… Es el mismo concepto.  La red es hoy la gran biblioteca con entrada libre, gratuita, sin carnet, a la cual puede acceder cualquier persona desde cualquier parte en cualquier momento.

Cuando un profesor pide un libro para la clase algunos estudiantes llevan el libro impreso, otros llevan el portátil y desde él comparten sus experiencias con el libro, igual a como lo hacen quienes llevaron su libro de papel.  No se trata aquí de discutir sobre las ventajas o desventajas de uno u otro soporte, sino de repetir que libro es libro, no importa sobre qué soporte esté escrito.

Pero hay otros aspectos que sostienen la tesis de que el futuro del libro es prometedor, de que no está en riesgo.  Uno de ellos se refiere a la construcción de megabibliotecas en diferentes ciudades del mundo, caso Bogotá, por ejemplo, con el Centro Cultural Biblioteca Pública Julio Mario Santo Domingo, o en Pereira, la reciente construcción de la sede de la Biblioteca del Banco de la República.

También se cuenta el hecho de que estamos viviendo en una época en la que, si no publicas no existes.  Sobre todo en las universidades, publicar se convirtió en una obsesión.  Y no precisamente “publicar en la red”.  Priman las publicaciones impresas a la hora de evaluar la producción académica.  Cualquiera puede afirmar sin temor a equivocarse, que quizá nunca, en la historia de la humanidad, se habían publicado tantos libros como en los últimos años.

La calidad de esas publicaciones es otro tema, no el que nos interesa en este instante.

Finalmente, si los libros contienen la historia del ser humano, si son su memoria, el espejo en donde miramos de dónde venimos, cuáles han sido los logros más grandes y los fracasos más profundos de la humanidad, entonces quien escribe este texto no concibe un futuro sin ellos, sin los libros.  Eso sería como si la humanidad perdiera la memoria.

Por Inés Emilia Rodríguez G., docente Programa de Comunicación Audiovisual y Multimedios de la Fundación Universitaria del Área Andina, seccional Pereira.

Imagen tomada de: http://www.masternewmedia.org/es/2008/11/26/lectores_de_libros_electronicos_tendencias_y_estadisticas.htm

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