La muerte de mi héroe

Publicado: noviembre 1, 2011 en Uncategorized
Etiquetas:,

Hijo de Carlos Osorio y Matilde Osorio, mi padre creció siendo campesino y murió igual.  Era muy reservado, malgeniado. Su padre era muy exigente y de cierta manera eso se vio reflejado en él. El bisabuelo llegó con las caravanas antioqueñas que vinieron buscando tierras para colonizar, y encontró un caño hermoso al pie de una gran montaña de pura piedra. En ese tiempo todo era selva espesa, pero el viejo lo organizó todo, escogió el morro más alto para hacer su casa, se casó con una mujer antioqueña como él y tuvieron once hijos, entre esos el señor Carlos Arturo Osorio, mi abuelo.

El amor no tiene límites ni fronteras, o eso es lo que dicen, por eso mi abuelo se casó con su prima Matilde Osorio, hija de un tío. De este matrimonio nacieron diez hijos: nueve hombres y una sola mujer, la mayor de todos.

Mi padre nació el 29 de diciembre. Justo por esos días empezaba una de las tantas guerras entre conservadores y liberales que azotaron al país. Al nacer, le pusieron por nombre Gildardo, ya que uno de sus hermanos, a quien habían querido nombrar así, había muerto de fiebre y él debía ser su reemplazo.  Pero al bisabuelo no le gustaba ese nombre, así que le puso Gilberto.  Una noche en que estaba hablado con mi padre, me contó que cuando a él lo llamaban por el nombre de Gildardo, el abuelo le decía que no pusiera cuidado porque él se llamaba “Bético lindo”. Y se quedó con el nombre de Gilberto, tuvieron que cambiarle el nombre ya que el muchacho no se sentía conforme.

Cuando tenía 25 años, mi padre le dijo al abuelo que le dejara trabajar una parte de la finca. Como este hombre admiraba el empuje y la iniciativa de su hijo, le concedió el permiso y así mi padre consiguió la finca, el recuerdo que me queda de él y la tierra que ahora es mía. Mi padre sufría de muchas enfermedades: asma, culebrilla, artritis, insomnio, entre otras. Por tal motivo, no podía hacer mucho por la finca, así que pagaba agregados, quienes me decían “el patroncito”.

Nací el 3 de mayo del 92.  Por esos días mi padre estaba muy mal del asma, enfermedad que lo mataría 11 años después.

Al principio mi papá no me quería, me despreciaba pero, aún así, vivía pendiente de mí, de que no me faltaría nunca nada.

Hay muchas preguntas que nunca le hice, que se quedaron sin respuesta: ¿qué había sido de mi madre?, ¿por qué me dejo?, ¿por qué mi abuela lo demandó?, ¿por qué me dijeron que ella estaba muy joven al tenerme?, ¿por qué estaba solo?, ¿por qué no me quería? Ahora, 8 años después de su muerte, estas preguntas me carcomen la cabeza y me llenan de curiosidad.

Nunca me pegó. Bastaba con una mirada de esas con las que uno sabe que ha decepcionado, o con que no me hablara para hacerme sentir mal y arrepentirme de lo que hubiese hecho.

Yo tenía 11 años y ya entendía muchas cosas del mundo de los adultos gracias a él. Nunca me ocultaba sus problemas, que eran muchos.

Trataba de explicarme todo lo que pasaba sin pelos en la lengua, aveces hasta exageraba y a mí me daba risa porque sabía que estaba haciéndolo, y que eso era por causa de la edad y de sus enfermedades.

Después de todo este tiempo sin él he llegado a la conclusión de que si estuviera vivo seríamos como agua y aceite: soy todo lo contrario de lo que él era y de lo que él quería que yo fuera.

Una  noche me dijo que nos íbamos para el pueblo, que se sentía cansado, que necesitaba un hospital cerca. Quería alejarme de todo lo que se venía, me dijo que después nos llevábamos el perro, que allá seguiría mi bachillerato, que no me preocupara, que todo estaba bien, que podría seguir viniendo a la finca. Por esos días hasta yo estaba enfermo. Me había salido un salpullido en los codos que no me dejaba estirar los brazos totalmente, me dolía como un demonio, me picaba y ardía. Casi al mismo tiempo mi papá se agravó. Estaba muy mal, tenía ataques de asma, no podía dormir, le dolía todo el cuerpo y la artritis no lo dejaba mover.  Atribuía esta situación a algo que nos dieron de comer, algo así como un maleficio.

En nuestra casa no había olla pitadora, entonces pedimos el favor a las personas de la casa de enfrente de que nos pitaran unos frijoles. Papá y yo vimos a mi tío pasar con la olla por delante de la casa y luego pasar con ella de nuevo, pero no pensamos nada raro. A la hora de comer, lo único que sentí fue un sabor raro en esos frijoles, pero como teníamos hambre y nunca pensamos en algo así, nos los comimos. A la semana me empezó el salpullido en los codos y mi papa se enfermó. Ese mes ha sido el peor que he pasado en mi vida.

Empacamos todo en un jeep, un carro en los que suelen cargar el café, y nos fuimos para el pueblo. Yo estaba feliz, siempre había querido eso, vivir en la ciudad, ver muchos canales de televisión, tener todo a la mano. También amigos. Toda mi vida había tenido el mismo círculo de amigos. Pensaba que ya era hora de cambiar, quería tener novia.

Llegamos a la que iba a ser mi nueva casa. La verdad es que era muy  pequeña, pero apenas para él y para mí. Iba a tener mi propio cuarto y había cable, pero a papá no le gustó, desde que entró dijo que él no podía vivir allí y los tíos lo tuvieron que convencer de que se quedara por esa noche, mientras encontraban algo mejor. Llegamos a las dos de la tarde al pueblo y a las seis aún no había nada organizado en la casa.  Papá no se podía mover, yo qué podía hacer, y mi tía estaba buscando otra casa. Solo habíamos armado una cama donde dormiríamos los dos y en donde él estaba acostado. No decía nada pero me miraba y sonreía. Yo estaba entrando y saliendo de la casa, explorando la cuadra.  Nunca había andado más de media cuadra solo en el pueblo y ahora iba a ir y a venir solo de la escuela, que quedaba como a cinco cuadras desde donde estábamos.

De un momento a otro me dio por ayudar a armar mi cama, pero la verdad no sabía hacer mucho. Quería hacer algo por mi papá, así fuera con esos arrebatos que le dan a uno de pequeño de ayudar y con los que termina es estorbando.

Bueno, ese día no fue la excepción. Apenas cogí los largueros de hierro de la cama se me soltaron y cayeron en el dedo gordo del pie derecho. No quería llorar pero el dolor fue tanto que solté el berrido y empecé a llorar muy fuerte, tanto que a mi papá le dio un ataque de nervios y a mi tío le tocó hacerle tomar una bebida de cidrón para que se calmara. El dedo me quedó negro y por eso se me cayó la uña más adelante.  Un rato después, cuando ya podía caminar, papá me dio cinco mil pesos para que me comprara una PonyMalta y un pan, ya que no había comida hecha. Fui a la tienda de la esquina y me gasté todo el dinero porque tenía mucha hambre.  También me compré unas galletas y otra PonyMalta.

Para cuando volví ala casa ya estaban sacando a mi papá de ella y lo subían a un taxi. Los tíos me dijeron que me subiera y seguimos directo para el hospital.  Como a las dos cuadras a todos les entró la duda de si habían cerrado la puerta por el afán, y me mandaron a revisar. Me dijeron que si estaba abierta me quedara en la casa y si estaba cerrada cogiera un taxi y me fuera para el hospital que allá pagaban.  Me bajé y corrí lo más rápido que pude, ¡se me iban a robar el televisor!. Cuando llegué a la casa comprobé que estaba cerrada y me dio rabia con mi tía, con mi tío, con mi papá, con la cama, con mi dedo, con todo el mundo.

Tomé el taxi y llegué al hospital. Mi tío lo pagó y enseguida me abrazó. Dijo que a mi papá lo tenían adentro del hospital, estaba mejor, que no me preocupara, que se pondría bien. Al fin y al cabo ya había estado peor y seguía vivo ¿no?. Empezó a contarme cuando mi papá se fue para Bogotá y allí estuvo a punto de morirse. Tanto, que mandaron a traer a un sacerdote para que le aplicara los santos óleos.  Pero no se murió.  Al referirse a esa anécdota, papá me contó que él escuchaba todo lo que pasaba a su alrededor, y al decirlo le daba risa, ¿qué tal yo muriendo?,  me decía.

A eso de las 8 de la noche salió mi tía diciendo que se lo iban a llevar para Pereira “porque estaba muy grave”, nos dijo.  Me mandó para su casa, me dio las llaves y me envió a pie, ¡a pie!.  Son más o menos dieciocho cuadras y me mandó a pie.  Luego entendí que mi tía estaba peor, que yo lo amaba y ella sabía que de esa noche no pasaría.

Salí del hospital con el único objetivo de encontrar el Parque de Bolívar, ya que solo desde ahí me sabía ubicar y llegar a la casa de la tía. Llegué a ver televisión, no estaba preocupado. Había rezado todas las noches y le había pedido a Dios que por favor mi papá no se muriera hasta que yo cumpliera los dieciocho años, que no me dejara solo, y lo hacía con mucha fe, así que estaba convencido de que él no se podía morir. Y me puse a ver televisión hasta que me venció el sueño.

Cuando mi tía llegó eran las 5 de la mañana. Me desperté y le pregunté por mi papá. Ella me respondió que estaba bien, estable pero grave, en Pereira. Que más tarde íbamos, y se acostó. Mi tía me había mentido. Mi papá murió ese mismo día a las 9:30 de la noche, en el hospital San Jorge de Pereira. Murió de un ataque cardiorrespiratorio, murió tranquilo. Antes de morirse le preguntó a mi tía que quién se iba a quedar conmigo. Le contestó que ella, y se tranquilizó.

Ahora que lo pienso él ya presentía su partida. No me quería dejar solo en la finca, me quería dejar seguro con mi tía. Había dejado hecho todo el papeleo de la propiedad para que yo la recibiera cuando cumpliera los dieciochoaños.

El viejo fue mi amigo, fue mi padre, fue mi héroe.

Por Andrés Felipe Osorio, estudiante de segundo semestre del Programa de Comunicación Audiovisual y Multimedios de la Fundación Universitaria del Área Andina, seccional Pereira.

comentarios
  1. Inés E. dice:

    Contar historias es una forma de liberar el espíritu. Es una historia conmovedoramente sincera.

  2. Inés E. dice:

    Esta es una historia conmovedoramente sincera.

  3. juan carlos dice:

    mucho que pensar de una figura paterna
    que hace parte de nuestra vida. “y es un héroe”

  4. Johanna Hincapié dice:

    Nunca se llegará a conocer al otro completamente, pero al conocer echos tan concretos e impactantes como estos, es obvio que la esencia de cada quien puede llegar a ser percibida hasta el punto de abrir esa puerta que nos deje conocer una mínima parte del quien se es como ser humano.

  5. Sebastián Mejía Álvarez dice:

    Es una triste historia, pero a pesar de ello, sigue adelante con ese vacío que te deja el ser que amas.

  6. Diana Vélez dice:

    Valientes letras. una historia entretenida y buena

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s