E-mail urgente por un diccionario

Publicado: marzo 6, 2012 en Uncategorized
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Hola:

Sé que la embarré. Sé que estás ‘salido de los chiros’, pero como muy bien lo escribió William Sakesperare en Romeo y Julieta “en el amor los dos son los culpables”. Y en esta relación tú también tienes la culpa.

Te he llamado y no me contestas. Estuve pegada al timbre de tu apartamento y no me quisiste abrir. Fui a ese bar del centro de Pereira donde todavía suenan canciones en acetato y allí nadie me dio razón de tu paradero…….Dónde putas estás…¡¡¡dónde te metes!!!

Te escribo estas líneas no solo para recuperar tu presencia sino para contarte que mi semestre corre serio peligro. Las notas de los primeros parciales no pasan de un vergonzoso 2.5 y de seguir así deberé regresar a mi natal Palmira, ardiente población al norte del Valle del Cauca, donde tú sabes que la vida fácil circula por las calles y lo único importante de esa locación es ese disco Palmira señorial que hizo famoso la Billos Caracas Boys. ¡Esa no es mi vida!

Pero lo que es más grave. Pierdo mis materias por ese minúsculo y diagonal grafismo que se debe marcar para señalar el acento de las palabras. Esas malditas tildes se han convertido en mi dolor de cabeza y lo que es peor, esas pequeñas rayitas me acuerdan cada vez más de vos.

Pero el drama crece. Descubrí que tengo problemas para distinguir qué palabras se escriben con b larga y con v corta. En un control de lectura en la clase de Actualidad, me preguntaron sobre la venta reciente de la cervecería más importante del país y respondí que esa empresa había sido adquirida por una firma inglesa. La respuesta me daba confianza y me dije:

–Listo. Esta sí la paso.

A la semana siguiente, cuando el profe devolvió las pruebas, me subrayó con lapicero rojo, que cerveza se escribe con v corta al igual que venta. La indignación me corrió por el cuerpo. También descubrí que tengo problemas para distinguir las palabras que se escriben con g y j, fallas que jamás pensé me obligarían a buscarte de nuevo.

Recuerdo que alguna mañana me burlé de tu pequeña biblioteca, donde encontré gruesos y pesados diccionarios. Te pregunté:

–¿Estos libros, además de trancar puertas, si sirven para algo?

Me miraste con cierto desprecio y respondiste:

–El prestigio de un buen escritor empieza por su ortografía. Es como la higiene. Es algo básico, sentenciaste.

La verdad te lo confieso, esa mañana no te paré muchas bolas. Días después me dijiste que debería invertir algún dinero en comprar un buen diccionario.

–Duran toda la vida. Me dijiste.

Mi desidia era palpable. Para el trabajo de radio, obtuve dos notas: un 4.5 por la buena lectura frente al micrófono y un 1,2 por el trabajo escrito, que tuvo como tema central la Historia de la Radio en Colombia. En el escrito se destacaron deficiencias en partición de palabras y confusión en vocablos que terminan en ción y sión, lo que derivó en una nueva pérdida

Pero la ira se colmó con Introducción a la Comunicación. Para esa asignatura era necesario presentar un ensayo sobre Jürgen Habermas, que me demandó dos semanas de lecturas y debate con mis compañeros. Las seis páginas tenían problemas, como me dijo el docente, de forma y de fondo. En la primera hoja me escribió: El apellido Habermas lleva H.

En otro párrafo me escribió: “Usted no distingue entre palabras agudas y graves”, y para cerrar evidenció una serie de deficiencias con respecto al uso de esas palabras, que tienen existencia real e independiente llamadas sustantivos con aquellas que califican o determinan al sustantivo, los adjetivos.

Como si fuera poco, en la última página el docente añadió: “no hay claridad suficiente sobre la crítica que usted quiere desarrollar acerca de los aportes de Habermas a la comunicación de Occidente”. Esto rayó con la incompetencia. Me dije. Por eso te busco.

Sé de tus destrezas para juntar palabras, para redactar corto y concreto, pero sobre todo para hacer de mañana esos huevos revueltos con tomate y cebolla que en verdad hoy extraño. Busqué ese escrito que alguna vez me hiciste, el cual hablaba de los dos abrazando el día y cómo el silencio de tu alcoba se rompía cuando yo hacía chichí en tu baño. El texto no lo encontré.

Pero para persuadirte de que vuelvas, desempolvé un poema de Ramón López Velarde titulado Ella, escrito, según tú, hace 100 años, y que alguna vez tiraste por debajo de la puerta de mi apartamento:

Esta novia del alma

con quien soñé algún día fundar el paraíso

de una casa risueña

y echar pescando amores en el mar de la vida

y redes a la usanza de la edad evangélica.

Es blanca como la ostia de la primera misa

Que en una azul mañana miró decir la tierra

lucen negros tus ojos la túnica sombría

y un ungir, las heridas las manos beneméritas.

Dormir en paz, se puede

sobre sus castos senos de nieve,

que beatos se hinchan como frutas

en la edad de Cristo, celeste jardinero.

Tiene propiedades hondas

y  los labios de azúcar

que por su grave porte se asemeja

al excelso retrato de la virgen

pintado por San Lucas.

 

¡Búscame!

Por Franklin Molano Gaona- Docente Programa Comunicación Audiovisual y Multimedios, Fundación Universitaria del Área Andina, seccional Pereira.

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