¡Coroné la vuelta!

Publicado: abril 25, 2012 en Uncategorized
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Mis piernas temblaban y mis manos sudaban cada vez más.
Ya me encontraba ahí, a punto de halar la puerta del supermercado. Debo confesar que no quería hacerlo, que solo quería correr y escapar de ese lugar.
Pero no podía, en la esquina estaban todos mirándome. Unos con ansiedad y expectativa, otros rechazo y rabia, seguros de que no lo lograría.
Caminé lentamente simulando tranquilidad y poca prisa. A juzgar por la hora, el supermercado era más visitado de lo usual.
Recorrí la sección de carnes frías con la mayor calma posible. Saqué del bolsillo trasero del pantalón una hoja doblada en cuatro. Cualquier persona pensaría que me disponía a revisar la lista de artículos que necesitaba comprar.
En realidad no era así. Necesitaba un motivo para poder realizar la vuelta y demostrarle mi hombría al Gato y a todo el parche que me esperaba en la esquina.
Mire con alegría y nostalgia la marca de esos labios rojos impregnados en esa hoja barata de libreta telefónica.
Al recordar sus labios y su cuerpo ardiente, me resultaba imposible no pensar en él, que había llevado a María la noche anterior a mi casa, como regalo adelantado por haber coronado mi primera vuelta. La vuelta que estaba a punto de hacer.
Llegué a la sección de víveres, pero me pareció absurdo que la razón de mi primera vuelta fuera una papa o un pedazo de yuca. Ya podía oír las burlas y los comentarios de todos al sacar de mi chaqueta un pedazo de yuca y mostrarlo como la razón de haber coronado.
La verdad esto no me parecía nada varonil. Así que para darme fuerza pensaba en que yo sí podía, que todo era cuestión de meterle ganas y voluntad y qué mejor motivo que María. Ella sería la razón por la que lo lograría.
Miré de nuevo la marca de los labios en el papel, tomé aire e involuntariamente una sonrisa de confianza apareció en mi rostro mientras guardaba el invaluable pedazo de hoja en mi bolsillo trasero.
María ama el trago, en especial los tragos fuertes. Yo no comparto mucho ese gusto por el licor, confieso que siempre he preferido un buen café o un moka frente al alcohol.
Pero bueno, mis gustos importan poco.
– Mi primera vuelta será en honor a María- me dije en voz baja pero con seguridad frente a toda la oferta de licores.
¿Cuál será el más fuerte? ¿Eso debe de ir de acuerdo al precio? En cuanto más caro, más fuerte pensé. Miré todos lo tragos de la estantería y ninguno tenía la etiqueta con el precio, así que me tocó elegir sin certezas.
En casa de mi padre no podía faltar el ron, nunca supe la razón. Pero si mi padre siempre lo consumía es porque es bueno, pensé. Siempre ha sido demasiado complicado con sus gustos.
Cogí la botella de ron. Miré hacia los lados y no había nadie cerca. Me aseguré que el fierro estuviera en su lugar.
Caminaba con firmeza hacia la caja registradora. Por estar más visitado el lugar que lo usual, la fila para pagar estaba considerablemente larga.
Miré con insistencia tratando de contar cuántas personas había delante de mí. Pero no lo conseguí. Toda mi atención se centró al encontrar a aquella mujer embarazada haciendo la fila. Era hermosa, su barriga redonda como una pelota le daba una belleza particular.
No podía aceptar ni imaginar que le pasara algo a ella y a su bebé y mucho menos que yo fuera el responsable. Así que esperé como un cliente normal que la fila avanzara y llegara mi turno.
Movía la botella de ron de una mano a otra. Cada vez estaba más nervioso pero trataba de disimularlo tocando mi cabello y mirando hacia los lados.
Esta situación me hizo recordar cuando el Gato me dejó a solas con María.
Era evidente lo que sucedería pero no sabía cómo empezar y ella, a pesar de su experiencia dejó que yo hiciera y tomara la iniciativa de todo.
Comencé ofreciéndole algo de tomar. Ella me pidió vino para iniciar la noche, pero debido a mi poco gusto por el trago no tenía nada de licor en mi casa.
Sentí vergüenza, esa es la palabra correcta. Para empezar lo había hecho mal. Ella no profundizó en el tema. Era obvia mi falta de experiencia. Ella solo sonreía mientras se sentaba en el sofá y trataba de colocarme tema de conversación.
No recuerdo qué conversamos, solo que yo estaba sentado al frente de ella y asombrado de tanta belleza. No podía creer que semejante hembrita sería la primera en estar en mi cama.
María llevaba puesto un jean azul ajustado, que inevitablemente resaltaba su cadera y su buena cola. Una blusa de tiras blanca, de escote profundo que dejaba a la imaginación la naturaleza de sus tetas.
Su piel morena, cabello largo, cejas definidas, labios gruesos y sensuales, abdomen plano, muslos, nalgas y tetas firmes, hacían de María una diosa. Pero en especial no podía dejar de imaginar el cómo se había hecho esa cicatriz que dejaba al descubierto la pretina del pantalón y el borde de su blusa.
Creo que ella mencionaba algo de sus aspiraciones y pasiones. Justo ahí mencionó su gusto por los tragos fuertes e hizo una pausa.
¿Quieres saber? Me preguntó, mirándome con seguridad pero con tono suave. No supe qué decir ni cómo reaccionar, era claro que se había dado cuenta de que no dejaba de mirar la huella de esa herida en su abdomen. Ella se paro y caminó hacia mí, se sentó a mi lado y susurro en mi oído – Tranquilo-. Fueron sentimientos encontrados a causa de ese olor penetrante, atrayente y sensual que encajaba a la perfección con su figura.
Me le lancé encima como un lobo hambriento caza a su presa. Ella cerró los ojos y la besé con fuerza y ganas desenfrenadas, le abrí las piernas mientras ella quitaba mi correa y desabrocha mi pantalón. Descendí entre sus tetas firmes y naturales, mientras acariciaba su abdomen y rosaba su cicatriz. Metí mis manos entre su blusa y desabroché el sostén. Ella quitó mi camisa y su blusa. Me pidió que fuéramos al cuarto. Mientras íbamos, la abracé por detrás, desabroché su pantalón mientras besaba su espalda, ella acariciaba mis brazos y agarraba con fuerza mis manos.
En el cuarto me dejé caer sobre la cama, después de haberme quitado el pantalón. Ella se quitó sus tangas y se me montó encima. Mis hormonas y mi pulso iban acelerando y una ola eléctrica descendió por mi cuerpo hasta mi miembro. Me monté encima de ella y la penetré de forma brusca y fuerte, ella gritaba de dolor pero me pedía más. Mi inexperiencia y la emoción del momento me hacian ser áspero y violento al trabajar con empujones sobre ella. Entre gritos y berridos me decía que siguiera.
– Siga señor, por favor, es su turno-, fue lo que alcancé a oír cuando la señora que se encontraba detrás de mí haciendo la fila para pagar, tocó mi espalda. Le entregué la botella de ron al man que estaba en la caja registradora. -¿Algo más?- me preguntó. Toda la plata de la caja. -¿Cómo?-. -Que toda la plata de la caja, está sordo, ¿o qué?- le dije mientras sacaba el fierro y le apuntaba a la cabeza.
Las viejas gritaban como para desgañitarse la garganta. A mí me temblaba todo pero disimulaba mis nervios aparentando rabia y acosando al man este, que a decir verdad parecía más una loca que un man.
Me entregó todo la plata con las manos temblorosas y yo me reía, pero más que una burla era una risa producto de los nervios. Cogí la botella de ron y salí corriendo, pensando en ir a buscar a María y celebrar con ella.
Cuándo escuché un estadillo y sentí que algo atravesó mi pulmón derecho. Todos mis pensamientos se pusieron en rojo, mientras caía sobre el asfalto y oía a la loca gritar “¡coroné la vuelta!”.

Imagen tomada de: http://www.taringa.net/posts/imagenes/2549574/Te-gustran-los-fierros-te-llevo-a-dar-una-vuelta.html

Por Johana Hincapié R., estudiante de segundo semestre del Programa de Comunicación Audiovisual y Multimedios, Fundación Universitaria del Área Andina, seccional Pereira.

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