Burgos Cantor, directo y de frente

Publicado: mayo 9, 2012 en Uncategorized
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En el siguiente diálogo, el escritor cartagenero Roberto Burgos Cantor revela sus orígenes como novelista, habla de la importancia de la memoria y del descuido que existe sobre nuestra propia realidad.

Su cabellera ceniza sobresalía a la distancia, por encima de decenas de estudiantes que lo rodeaban y le pedían firmar su obra.

Roberto Burgos Cantor, lanza sobre el papel su nombre y a la vez da declaraciones mientras posa al lado de una niña de falda a cuadros y blusa blanca, quien le pide tomarse una foto.

“Estoy muy complacido de estar en Pereira”, dijo con voz pausada y serena en medio de jóvenes que lo esperaban en la biblioteca Otto Morales Benítez de la Fundación Universitaria del Área Andina, donde por espacio de una hora habló de literatura, historia y memoria.

El autor de novelas como La Ceiba de la memoria, El vuelo de la paloma y Señas particulares, ocupa hoy un lugar destacado en la literatura nacional. Sus obras son reconocidas por construir un universo propio y un estilo auténtico de narrar historias. Aquí, su testimonio y su pensamiento.

¿Cómo son sus primeros encuentros con la escritura y quién lo conduce por ese camino?

Tengo unos primeros recuerdos cuando estaba en el colegio. Depronto empecé a escribir sin ningún orden, sin ningún propósito. Lo que tengo claro de esa etapa es que se escribía por necesidad, porque nada explica que uno de niño deje el juego de basquetbol, o ese juego elemental en el Caribe, que es el juego de tapitas, para ponerse a escribir.

Entonces, hay una relación de necesidad que lo lleva a uno a escribir. No he indagado mayor cosa del por qué ocurría eso, pero allí estaba escribiendo, hasta que me vi metido en la revista de Manuel Zapata OIivella (Lorica 1920. Primer autor que exaltó en sus obras la identidad negra colombiana) y me vi metido en ese bello lío, que es la literatura.

¿Qué fue primero que escribió: cuento corto, ensayo o poemas?

Nunca he entendido por qué muchos escritores empezamos por un género que es de mucha exigencia, que es el cuento. Escribía cuentos. Con los años he llegado a la idea de que el cuento protege moralmente al escritor, porque cuando un cuento no funciona, uno lo nota de manera rápida. Uno lo descubre a las tres o a las cinco líneas y sabe que el cuento no funciona.

Con una novela, se da uno cuenta muy tarde y botar  50 o 60 páginas, creo que al escritor cachorro lo desmoraliza, lo destruye, lo desestimula…y por eso empecé por el cuento. Es que el cuento es una manera de autoprotección.

Hábleme un poco de sus hábitos como escritor, ¿escribe en las mañanas, en las tardes, a qué hora la resulta más cómodo para  usted?

Siempre escribo cuando puedo. Cuando he tenido épocas de laboriosidad como todos que trabajamos durante el día, escribo por la noche. Pero mi horario preferido es empezar en la mañana y seguir hasta las cuatro o cinco de la tarde sin parar. Ese horario me gusta, me estimula, me exige. En estos tiempos en que tengo obligaciones laborales en la tarde, escribo en el horario de la mañana. Pero siempre hay que arreglárselas para tener el tiempo de escribir.

Usted tiene una vocación clara con la memoria. Se percibe en su obra literaria. ¿Para usted cúal es la importancia histórica de la memoria?

Creo que hemos sido de alguna manera unos seres descuidados con nosotros mismos. Descuidados con nuestra propia realidad. Acobardados ante nuestros conflictos. La apelación a la memoria es una manera de saber qué se tuvo, de la huella que se deja, de la que dejaron los otros y de buscar caminos para seguir.

Usted es un escritor de gran aliento que se lee fuera del país, que se lee en Paris ¿Qué siente que su obra haya trascendido las fronteras?

Ese es un hecho fortuito. Recuerde que alguna vez le preguntaron a William Faulkner (Nobel de Literatura en 1950. Autor de la novela: El ruido y la furia) sobre, qué se necesita para escribir y el viejo zorro decía: 90 por ciento de transpiración y se reservó un pequeño porcentaje destinado a tener un poquito de suerte, que no le hace mal al escritor, y eso es lo fortuito.

Aprecio la lectura de lo mío porque de alguna manera la literatura es universal y también da un poco de aliento tener lectores distantes para ver si alguna vez terminamos de conocernos más.

¿Cómo ha hecho usted para mantenerse distante y no dejarse seducir por los medios de comunicación?

Cuidando el tiempo de escribir. El tiempo de escribir es tan exigente y lo que hay que escribir es tanto, que si uno se dedica solo a promocionar lo que escribe, deja de escribir.

¿Cuando escribe, se corrige y se relee mucho lo que escribe?

Ese fue un consejo solidario y generoso que nos dio Gabriel García Márquez, a Luis Fayad (Bogotá 1945. Uno de los mejores narradores latinoamericanos de la segunda mitad del siglo XX) y a mí. Nos dijo: a qué no saben lo que les voy a decir, lo descubrí en estos días: hay que escribir siempre en limpio. No se pare de su trabajo sin haber corregido: una línea que se escribe una línea que se corrige. Pero no acumule porque después es peor, es como volver a empezar.

Veo también que usted y su obra tiene recibo entre los jóvenes, ¿qué les dice a ellos?

Alienta mucho que esa distancia de años, de época y de lecturas, permita y tenga un lugar para lo que escribo. Eso por supuesto me enaltece, me reta y me propone alcanzar metas más complicadas.

¿Qué reflexión hace sobre las bajas cifras de lectura que hay en el país?

Creo que en los temas de la lectura debemos hacer un esfuerzo entre todos. Las políticas públicas han estado un poco desencaminadas. Se gastan muchas sumas de dinero cuando quizá habría que proponer otra vez colecciones de libros que estén al alcance de los niños y de los jóvenes. Tener más aprecio por nosotros mismos.

Veo lo que hacen las editoriales mexicanas, donde las bibliotecas públicas tienen el deber legal de comprar cierto número de ejemplares de los autores nacionales.

Uno mira lo que ocurre en Venezuela con la colección Ayacucho que es una maravilla. Entonces aquí hay unos esfuerzos como perdidos: la biblioteca familiar de la Presidencia de la República, las colecciones del Instituto Colombiano de Cultura, cuando así se llamaba.

Entonces hay que hacer un esfuerzo, quizá un pacto moral entre maestros, bibliotecarios, gestores culturales y nosotros los escritores, que estamos participando en este esfuerzo de construir lo público.

¿Cómo ve la nueva generación de escritores nacionales?

Hay un grupo estupendo. Uno de ellos es un escritor nuevo antioqueño, Pablo Montoya, que tiene una novela que se llama Los Derrotados, que años atrás escribió Lejos de Roma, que es un trabajo interesante.

Hay autores como Juan Esteban Constaín que me interesa, Juan David Correa, que luego de escribir su novela, hizo un reportaje sobre Armero riguroso y muy conmovedor. Hay un poeta como Rómulo Bustos en Cartagena y la poesía de Lucía Estrada en Medellín.

Los muchachos están haciendo un esfuerzo y están ocurriendo cosas. Hay un deseo de escribir sin someterse al requerimiento comercial que está tan de moda y que es tan tirano en estos días.

Texto y fotografía por Franklin Molano Gaona- Docente Programa Comunicación Audiovisual y Multimedios, Fundación Universitaria del Área Andina, seccional Pereira.

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