Des-armando a Pablo: un operativo desde las aulas

Publicado: agosto 22, 2012 en Uncategorized
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ImageHacía mucho tiempo no se presentaba en el medio televisivo colombiano un debate tan intenso y diverso como el que se ha suscitado con la presentación de la serie del Canal Caracol,“Pablo Escobar, el patrón del mal”. Y si algo compete a la academia, a los docentes y estudiantes, es reflexionar con espíritu crítico a través del análisis y la interpretación, sobre los distintos productos de los medios en que se cultivan las disciplinas que abarca, aunque tal labor pueda parecer contradictoria puesto que es hacia el medio que las universidades dirigen en gran medida a sus egresados. Sin embargo, es necesario desde mi punto de vista, preparar tanto para ejercer la tarea profesional de manera idónea, como para pensarla y ejecutarla con criterio y cierto grado de autonomía. Y yendo más allá, es posible y conveniente además que en la academia exista el disenso y la controversia acerca de las posiciones que esta deba adoptar, mucho más si se trata de espacios de la formación profesional en la comunicación audiovisual.

Aunque pareciera que el debate ya se hubiese agotado en relación con la serie, nuevos elementos han surgido recientemente en la pantalla que reavivan la reflexión. De un lado la aparición en Medellín de un álbum de láminas para coleccionar que sin saberse de donde salió, convierte en material de diversión toda la imaginería alrededor de Escobar y su leyenda que bien se sabe en la capital de Antioquia no parece terminar. Y del otro, la realización y presentación del documental “Los tiempos de Escobar: lecciones de una época” del realizador Alessandro Angulo y producido por CaracolSituaciones de este tipo provocan inquietudes nada eludibles.

La imagen de los niños paisas buscando la lámina del patrón para llenar de primeros sus álbumes, no deja de ser perturbadora en tanto se desdibujan los efectos de las acciones del infausto narcotraficante en la vida del país. Eso sin indagar las motivaciones reales que subyacen detrás del mercadeo de este tipo de productos. No es un misterio que la tumba de Pablo Escobar es un santuario de devoción en Medellín, ciudad donde el capo vivió y realizó no solo las más significativas acciones delictivas sino muchas de carácter social que entronizaron de manera paradójica su imagen dentro de ciertos sectores de la población. Don Pablo se preocupaba por su gente, afirman muchos de los beneficiados con casas o dinero que el narcotraficante repartía en una estrategia populista de alcances generacionales.

En el caso del documental citado, tras toda la polémica suscitada en la opinión pública, los medios y los directos implicados acerca de la conveniencia o no de la presentación de la serie, pareciera que el Canal quisiera ‘lavar sus culpas’ produciendo un relato documental que justifique la nobleza de su intención al sacar al aire un tema como el de Escobar en un formato dramático. Desde el comienzo de estos eventos este ha sido parte del foco de mi análisis del fenómeno y desde ahí he sostenido en diversos espacios mi posición crítica frente a la propuesta de programación del Canal, y en el momento en que salió el documental no hice más que confirmar mis argumentos. La televisión privada nacional debe ser supervisada y auditada por los telespectadores y la crítica televisiva, al punto que se generen cambios y alternativas. Está visto que las Defensorías del Televidente y la acción de los entes reguladores son ineficaces para controlar proactivamente los contenidos de una oferta mediática tan estrecha y plana como la nuestra. Y la academia debe contribuir e insistir en la formación en recepción crítica de los medios tanto en sus estudiantes como en las comunidades donde se asientan los campus universitarios.

En primer lugar resulta inquietante, por decir lo menos, se considere que la televisión comercial está libre de toda responsabilidad social en el impacto de sus contenidos. Y que la ficción no educa. Invito a leer las opiniones de Juana Uribe y Camilo Cano (creativos de la serie), sin perder de vista lo que dijo Juan Manuel Galán, en el sentido de que esperaban que con la serie, el país aprendiese de sus errores para que la historia no se repita. La televisión no es inocente, es decir, no es conveniente quedarse solo en el plano del entretenimiento porque los contenidos audiovisuales – todos los sabemos – tienen un efecto persuasivo imparable. Y esto no es un asunto solo de las audiencias. Recuerdo ahora cuando en un conversatorio Marlon Moreno, refieréndose a su papel como “El capo” (serie de ficción de RCN Televisión), casi increpaba a un asistente que le reclamaba por los efectos que este tipo de narrativas tienen en el espectador de a pie. Y segundos más tarde, visiblemente emocionado, afirmaba que encarnar a ese personaje le había cambiado la vida, no por el éxito sino por su modo de ver el país. Ya Andrés Parra habla de cómo Escobar lo ha afectado y también de sus expectativas de que la gente vea el asunto en la perspectiva de aprender.

Acá saltan varios tópicos. Por supuesto que a Caracol como a cualquier otra empresa televisiva privada, le interesa es la rentabilidad, pero también hay una apuesta ideológica a la par con una apuesta dramatúrgica. Y eso es lo que considero nos debe interesar y analizar, de forma crítica e intensa. Robert McKee, el notable estudioso del guion, señala cómo las audiencias aspiran al bien porque se sienten buenas personas, de tal suerte que los protagonistas deben aspirar a lo mismo así sean unos criminales. Es decir, el perverso no se reconoce como tal sino que asume que hace lo correcto. Por esa vía es que el guionista debe buscar generar la empatía del espectador con el protagonista. Sin empatía no sobrevive el relato. Si se mira el paradigmático caso de Michael Corleone en “El Padrino”, se observa que dentro de los malos (los otros mafiosos), él es el menos malo, sin embargo, Puzo-Coppola se esmeraron en hacer de Michael un ser solitario, infeliz y fracasado. El espectador empatiza con él, así no se identifique con su forma de vivir y hacer la vida. La misma banda sonora triste y melancólica refuerza esa imagen. Sin embargo, este caso no nos sirve de ejemplo más allá de la referencia; la clave diferencial es que Michael Corleone no es un personaje real. Podría quizá mirarse el caso de John Dillinger en “Enemigos Públicos”, donde el agudo Michael Mann tiene el olfato dramático de oponer a esa fuerza negativa protagonista, un antagonista de peso como el jefe del FBI, Melvis Purvis, la fuerza positiva. Y este sí un caso tomado de la vida real… con más de 70 años de distancia. Si hay algo que tocar con pinzas en la temática del narcotráfico desde la perspectiva de Pablo Escobar es el tema del tiempo histórico que media entre los hechos y este presente en que vivimos.

En nuestra dramaturgia televisiva contemporánea no tenemos esos referentes históricos tan arquetípicos como sí los tienen otros países. Quizá se deba a que las condiciones de la justicia colombiana con su alto grado de impunidad e ineficacia, contribuyen a la noción equívoca y anómala de que el crimen sí paga, incluso el rating. Somos una sociedad atravesada por el mal. Y eso no proviene únicamente de la cultura ventajosa que nos deja (esto no acaba aún) el narcotráfico. No, “mala suerte”: nuestros males tienen antecedentes mayores. Pablo Escobar hizo lo que hizo no solo porque su madre le enseñara la ‘importancia’ de ser avispado o porque fuera un mal bicho de nacimiento (como pareciera sugerir la serie), sino porque creció en un país desequilibrado en todos los campos de su desarrollo como nación, lo que sirvió de caldo de cultivo a su ambición enfermiza.

Quizá Colombia no está preparada aún para comprender, asimilar y superar, de manera proactiva y consistente, los efectos nocivos que el narcotráfico ha tenido en el país porque son muchos los factores que intervienen. O al menos no lo está desde la puesta en escena dramática que privilegia un solo punto de vista en detrimento de otros. Y esa falta de oportunidad no solo descansa en la inequidades que nos condicionan, sino también en el papel que los medios han estado cumpliendo en las dos últimas décadas. El efecto retardador de los medios por vía de repetición es preocupante. La cultura televisiva colombiana es muy estrecha porque la escala de la oferta es muy reducida. Solo existen dos canales privados que se roban más del 90% de la pantalla. Cierto que la televisión internacional ha penetrado de manera drástica el mercado, pero no supera aún la expectancia de la mayoría de la audiencia potencial del país. Y ese punto es clave a la hora de valorar los impactos que los contenidos de la televisión privada tienen, empezando con sus informativos y cerrando con sus dramatizados.

Se cita el caso de Hitler en Alemania. Galán en su columna de El Espectador invitaba -recién empezó todo esto- a romper con el culto al delincuente despojándolo de un lugar de memoria: su tumba, trayendo a cuento que el magnicida nazi no tiene una. No creo que eso sea posible en Colombia, tampoco que sea el camino a seguir. Se menciona también que en Alemania hablar de Hitler es ofensivo para los ciudadanos alemanes. Llegar a una cinta como “La caída” le tomó a la dramaturgia alemana (una de las pioneras del cine) cerca de 60 años. Asistir a los últimos días del dictador es un asunto serio y crudo. Hirschbiegel logró traducir en imágenes, el retrato de un ser egoísta, obsesivo, despiadado, explosivo, el megalomaníaco que en verdad fue Adolfo Hitler. La película tuvo un enorme impacto mundial, y en Alemania fue recibida con un aire de tranquilidad. Casi como un acto de deber cumplido.

En el caso de “Pablo Escobar: el patrón del mal”, el asunto es dudoso puesto que tanto el género escogido, drama-thriller, como el formato de serie, son una auténtica trampa. Además la oferta es engañosa. No se trata de una serie. No es el costo ni la temática lo que define el formato, es su forma de emisión y el número de episodios producidos ya sea para emisión única o para temporada. Y este número no debe superar los quince capítulos. La emisión diaria es propia de los dramatizados, tipo telenovela. Y esto es lo que es en este momento el producto bandera de Caracol Televisión. El efecto generado por la emisión diaria es la banalización lenta, de baja pero constante frecuencia, de los contenidos. Ya entonces no se trata del asesino de Lara Bonilla sino de Byron. Las escenas fuertes y dolorosas que narran la muerte del ministro de Justicia se vuelven anodinas y olvidables, mal sazonadas además por una banda sonora superflua y predecible. Aunque vale señalar que la música de créditos, realizada por el maestro Yuri Buenaventura, resulta a mi modo de ver lo mejor logrado del producto. Es sincera, directa, vital. Una declaración de principios… del maestro, con el perdón de los expertos programadores.

Se argumenta que la tarea de la televisión comercial es el entretenimiento y que no le corresponde asumir la responsabilidad de educar a los ciudadanos, ya que esta es labor de las familias o de las instituciones educativas. Válido y no válido. Válido porque el núcleo base de la formación moral y ética de un ciudadano contemporáneo descansa en los nichos de socialización iniciales, familia y escuela, determinantes en la consolidación de su carácter y modo de ver el mundo. No válido porque tanto en la familia como en la escuela está la televisión. Y la pequeña pantalla no solo divierte sino que ofrece modelos de comportamiento, pensamiento, sensaciones y emociones. Es claro que este ciudadano no se convertirá en un asesino serial o en un notable cirujano por ver Dexter o Grey’s Anatomy, respectivamente. Entre otras cosas porque la forma como son narradas estas dimensiones dramatúrgicas, responden a un dictamen social acordado. El crimen no paga, el servir sí paga. Hay una apuesta sociológica sobreentendida y un acuerdo de expectancia que ubica al espectador en su relación medio-cotidianidad. “Esto pasa allá (en la cultura norteamericana), no acá en mi calle”. Pero también este ciudadano promedio estaría libre de esas impersonalizaciones, porque se encuentra sometido a muchas fuerzas de regulación social que lo llevan a saber qué es correcto y qué no lo es. Casi siempre. Y sólo su propia disposición frente a estas ideas, lo llevará a decidirse por una u otra forma de ser y estar en el mundo. Es evidente que la predisposición genética o un entorno social determinado, podrían quizá explicar la causa de ciertos comportamientos sociales o antisociales. La televisión no es la única responsable.

Y sin embargo, subyace en la reflexión sobre el impacto de los medios en la creación y construcción de los imaginarios ciudadanos –ya que definitivamente lo hacen así pretendan obviarlo un poco algunos académicos y críticos­–, muchas cuestiones que no pueden soslayarse tan rápidamente. ¿Qué sucede cuando en la vida de un ciudadano no hay familia ni escuela y deposita en los medios parte de su conocimiento del mundo? ¿Por qué si Caracol Televisión insiste en que no le exigan ni realismo ni veracidad ni responsabilidad, insiste al mismo tiempo en que espera que a través de esta producción dramatizada la gente comprenda lo que sucedió en aquellos terribles años? Hay aquí una contradicción. Y no de corto alcance.

Desde el punto de vista de lo audiovisual se habla de la envergadura y calidad de la producción de la serie. Sin duda hay una enorme calidad en el reparto que desde la notable interpretación de Andrés Parra, pasa por un singular grupo de los más destacados actores y actrices de la televisión nacional. La imagen y el sonido han sido cuidadosamente trabajados. Y las direcciones de arte y de producción son impecables. Así y todo, no se siente precisamente la mirada de un director, de alguien que esté contando de una manera particular este relato. Todo se narra en una perspectiva bastante convencional del lenguaje audiovisual, incluso más en su sentido más tradicional que en una dimensión contemporánea. Y este tipo de producciones sí que precisan el peso de un autor. Ya desde el libreto hay una mirada, pero es en la puesta en cámara y la puesta en escena que se debería apreciar el reto de un avance en la realización. En ese sentido la ‘serie’ es poco seria.

El asunto de que eso es lo que al público le gusta y que mal harían los programadores en presentar otro tipo de relatos, se sacude ante la evidencia de producciones de años anteriores, casi que de una generación previa, realizados no solo por los que ahora son canales privados sino por una pródiga carpeta de programadoras que le dieron a las audiencias relatos de enorme calidad que provocaron no solo emociones sino que propusieron temáticas y tratamientos televisivos interesantes. Momentos como Cuentos del Domingo, La alternativa del Escorpión, La señora Isabel, La otra mitad del sol… y aún más atrás, La vorágine, La mala hora, Los pecados de Inés Hinojosa, todas en su estilo muy definido significan hitos en las formas narrativas contemporáneas en nuestra televisión. Eso sin mencionar las telenovelas que marcaron un estilo propio que es reconocido a nivel mundial. Y las comedias que narraron la idiosincrasia de los colombianos en una clave ingeniosa y simpática. Quizá a lo que asistimos es a la curva dramática de un patético proceso en el cual la televisión colombiana, empezó a ‘dramatizar’ las noticias y a ‘documentar’ la realidad ficcional. El caos encontró alimento y se hizo al rating.

El debate grande es sobre los contenidos de la televisión nacional privada en cuanto a las intencionalidades que los atraviesan, las dinámicas de creación que se han venido consolidando y legitimando desde una visión única y exclusivamente comercial, las tendencias del mercado que determinan unos contenidos en detrimento de otros, la participación real de las audiencias en la construcción de parrillas de programación que capten toda la diversidad y complejidad de sus intereses y expectativas, y el lugar que ocupa la academia en el plano de la generación de nuevos contenidos y formatos, además de la producción de estudios e investigaciones sobre el medio televisivo.

Por supuesto, lo interesante de todo este asunto es la oportunidad que ofrece de conocer las diferentes percepciones y enriquecer vía el diálogo y la controversia, la comprensión de las complejas dinámicas que lo caracterizan. La propuesta es entonces dar saltos cualitativos que nos pongan en la perspectiva de contar con una mejor televisión, una que asuma el reto auténtico de contribuir a hacer ciudadanía, televisión en la que confiamos tomen parte nuestros estudiantes.

Las historias no se deben ocultar, está en la naturaleza del lenguaje audiovisual narrarlo todo, es cuestión de medir el momento, preparar el terreno, crear la atmosfera y correr el riesgo… al otro lado hay alguien que vivirá lo que se narra, ineludible, ilimitada, silenciosamente. La mente no vive solo de realidades, por eso la imaginación es un territorio delicado. Así la televisión refleja la realidad y la realidad refleja la televisión. En estos tiempos de la imagen, pensar lo contrario es…

Por Luis Aldana Vásquez, docente del Programa de Comunicación Audiovisual y Multimedios, Fundación Universitaria del Área Andina, seccional Pereira.

Imagen tomada de: http://www.kienyke.com/historias/la-guerra-de-pablo-escobar-toma-vida-en-la-television/

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