De estatuillas voladoras y carteleras perdidas

Publicado: febrero 27, 2014 en Uncategorized

El próximo domingo 2 de marzo se entregan en Los Ángeles los premios Óscar, sin duda los más publicitados galardones de la industria del cine. ¿Qué tan importante puede ser para un comunicador audiovisual y multimedios estar al tanto de ese evento? ¿Son los premios –este y otros similares– una clave para determinar qué películas veremos o deberíamos ver? Aparte del hecho de ser uno de los espectáculos televisivos más costosos con más de seis meses de preparación, hay algo alrededor de la figura del dorado calvito que suscita curiosidad, cuando menos.

Cuando consultamos la cartelera de cine para decidir qué película ver encontramos que las opciones disponibles son producciones en su mayoría de origen norteamericano. Muy pocas veces disponemos de la alternativa de ver cine de otras nacionalidades. Cierto que en los últimos diez años, desde que tenemos una Ley de Cine, es posible ver estrenos de películas nuestras que de manera tímida pero constante y algunas veces con éxito coronan las taquillas. Casos como Soñar no cuesta nada, Rodrigo Triana, 2007 o las ya infaltables historias producidas por Dago García hacen un balance valorable desde el punto de vista de la taquilla. Y en otros casos, algunas cintas como la mexicana No se aceptan devoluciones, Eugenio Derbez, 2013, impactan la pantalla de modo singular. Pero son excepciones a una regla que desde hace unas décadas domina la escena de exhibición de cine en Colombia: el mercado es de las películas estadounidenses. Y esto no sucede solo acá, es un tema global con contadas excepciones. El asunto es que no siempre fue así.

El cine mundial ha tenido como parte de su estrategia de comercialización los grandes premios otorgados por los gremios en cada país o por los festivales más prestigiosos. El reconocimiento que recibe una producción incide positivamente en su éxito comercial. El efecto de un premio es que los distribuidores deciden qué películas llevar a los cines. Por supuesto, no es el único factor pero es innegable que cuando el espectador contempla el palmarés de una cinta en su afiche promocional se siente más que inclinado a verla… confía en que es una buena película. La certificación de un premio es la declaración de principios de determinado jurado que considera esa cinta una obra digna de ser apreciada. Y entre más importante sea el premio, mayor confianza despertará en el público.

Los premios de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Estados Unidos, conocidos popularmente como Óscar, tienen una historia ya casi legendaria y siguen siendo el reconocimiento más anhelado por muchos realizadores del mundo. Entregados por primera vez en 1929 para premiar a las cintas producidas entre 1927 y 1928, su ceremonia de entrega es uno de los espectáculos televisivos más vistos en el mundo. El premio es entregado por los miembros de los cinco grandes sindicatos del cine: actores (el mayoritario), guionistas, directores, productores y técnicos. Gremios que están simbólicamente representados en los cinco radios que componen cada rollo sobre los que se alza la figura calva y dorada de Óscar, apoyado en una espada que bien puede ser analogía de la diosa de la Justicia o simple nostalgia de un mundo caballeresco ya desaparecido. Cualquier persona que tenga experiencia en producciones con capital estadounidense y que pague la membresía, puede ser miembro de cada gremio y adquirir el derecho a votar. Se sabe que al menos tres colombianas lo son: Paola Turbay, Sofía Vergara (que cuenta con el récord de 37 nominaciones por su estelar en la serie cómica Modern Family; es una broma que seguro la barranquillera celebraría) y la única con una candidatura al Óscar como Mejor Actriz Protagónica, Catalina Sandino quien recibió la nominación por su papel en María, llena eres de gracia en 2004. Está también John Leguízamo, el reconocido actor neoyorquino que ha logrado triunfar en la gran pantalla y en especial en el teatro. El bogotano de nacimiento es sin duda alguna, un norteamericano más de los cientos de inmigrantes latinos que llegaron al suelo del imperio anglosajón para hacerse una vida, en su caso en la gran pantalla.

Pero el Óscar no es el único premio que se otorga cada año para reconocer la producción y el arte del cine contemporáneo. Tampoco es precisamente el más apreciado entre los cinéfilos y los realizadores. Hay preferencias y casi que cada país donde se hace cine tiene su propia estatuilla; incluso nosotros tenemos el Macondo del cual hablaremos más adelante.

En la tierra donde un diciembre de 1895 naciera el cine y décadas más tarde surgiese el movimiento de la Nueva Ola y con ella el concepto de cine de autor, hay dos premios con larga tradición y peso. Según la crítica especializada el más prestigioso premio es la Palma de Oro y lo otorga el Festival de Cannes en Francia desde 1939. La característica más significativa de Cannes es que acoge como candidatas, películas producidas en todo el mundo. Curiosa o irónicamente, según se quiera leer, el país con mayores galardones es Estados Unidos. Además concede premios compartidos en empates muchas veces bastante controvertidos. Cannes se ha distinguido por su elegancia y por ser a la vez la plataforma de lanzamiento de muchas nuevas estrellas e incluso de estrellas de momento, en pura clave de farándula glamorosa.  

Francia tiene una política de protección al cine francés muy dura, en una clara y abierta declaración de guerra al cine norteamericano. Cannes pareciera ser una zona franca. Las películas francesas son reconocidas con el César que se otorga desde 1976 y cuenta con 19 categorías. Sin embargo, es innegable que pese a los esfuerzos de la Academia Francesa de Cine, la penetración en el mercado del cine de sello hollywoodense ha terminado por imponerse en las pantallas, o al menos, por darle cara al cine nacional sin importarle que para su exhibición deban doblar al francés todas sus películas.

En Alemania tienen el Oso de Oro con sus distintas versiones y categorías. Catalina Sandino obtuvo un Oso de Plata [compartido con la ‘monstruosa’ Charlize Theron, en 2004], siendo hasta ahora la única colombiana que ha alcanzado tal logro. La cinematografía alemana que tuvo su largo cuarto de hora con el Nuevo Cine alemán de los 60 y 70 con Herzog, Wenders, Fassbinder y muchos otros tras el encuadre perfecto, sobrevive gracias a las subvenciones del gobierno, la televisión privada y algunos organismos paneuropeos que persisten en la idea de un cine fuerte y de peso nacional. En la Semana de Berlín (la Berlinale) donde se otorgan los Osos, se muestran y premian cintas de diversas partes del mundo, haciendo un énfasis particular en los últimos años en el llamado cine independiente o marginal.

Justamente el Festival de San Sebastián, en España, que entrega la Concha de Oro ha logrado mantenerse como uno de los premios más valiosos e impactantes de la industria cinematográfica por la arriesgada combinación, en sus categorías de elegibles, del cine norteamericano y del cine de sello independiente o de tradiciones nacionales de cine periférico. La Donostia, o semana de San Sebastián, se ve año tras año ambientada con la presencia de las grandes celebridades del cine mundial y de reconocidos directores y productores, a la par de los anónimos y discretos realizadores del mundo casi oculto del cine. España también cuenta con el Goya, un premio dado por la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas, de creación más bien reciente si se tiene en cuenta la antigüedad de los otros galardones. Los Goya han no sólo contribuido a apoyar la industria española que no escapa a la crisis mundial sino, el cine iberoamericano que en los últimos años aumentó su cuota de presencia a través de las coproducciones. Películas como El secreto de sus ojos, Juan José Campanella en 2010 y la recién premiada Azul y no tan rosa, Miguel Ferrari, de Venezuela, atestiguan esa intención. A los Goya aspiró la película colombiana El Rey de Antonio Dorado en 2004.

En Inglaterra donde florece una de las escuelas actorales más poderosas de la industria cinematográfica la British Academy of Films and Television Arts entrega desde 1948 los premios Bafta, en calendario siempre previo a los Óscar y casi como calco de los premios angelinos. No existe ya la fuerza que en algún momento de la historia tenía el cine británico para hacer la diferencia. Pese al carácter benéfico de la Academia que se esfuerza por reconocer los logros del cine insular, la sombra cada vez más grande de los estudios norteamericanos se alza peligrosa sobre una de las tradiciones fílmicas fundacionales. No por nada las mejores escuelas de documental del mundo están en territorio inglés.

El Festival de Venecia, arrancando en 1932 es el más antiguo del mundo, se ha caracterizado por ser el epicentro de los estrenos de las grandes producciones de Hollywood en Europa, y de ciertos directores como Woody Allen, Quentin Tarantino, Jim Jarmusch. El León de Oro sigue rugiendo con fuerza pero su bramido ya no marca territorio, aunque su prestigio no declina. Avalado por Federación Internacional de Productores Cinematográficos, Venecia es uno de los pocos festivales clase A. Allí ha ido nuestro cine con directores como Víctor Gaviria, Felipe Aljure y Sergio Cabrera.

Los festivales con sus premios y los gremios nacionales con los suyos, proveen a los cinéfilos y realizadores de todo el mundo de una detallada base de datos de las películas que se destacan en los distintos renglones que exige la producción audiovisual. Observar con atención los listados de los ganadores en las diversas categorías permite orientar el gusto, canalizar la expectancia fílmica y enriquecer la experiencia de producción. Es tan significativo el efecto de los reconocimientos sobre la industria que incluso el cine independiente –que pretende apartarse del círcuito comercial dominante– tienes los propios creando ya un referente para los cinéfilos, la crítica especializada y los nuevos realizadores: por eso vale mencionar al Sundance Festival, el Festival de Toronto, Tribeca, entre otros.

En nuestro país se han presentado varios intentos por crear unos premios otorgados por un gremio de la industria cinematográfica consolidado y fuerte. Solo en los años recientes y con mucho esfuerzo y más bien tímidos logros, se creó la Academia Colombiana de Artes y Ciencias Cinematográficas que para este año espera entregar el Premio Nacional de Cine Macondo a las producciones de 2013 entre las que figuran como nominadas a Mejor Película: La playa D.C. Juan Andrés Arango; La sirga, William Vega; Chocó, Jhonny Hendrix Hinestroza y Roa, Andi Baiz, al lado de otras 15 categorías. No hay mucha información al respecto, lo cual no es una buena señal pensando en la continuidad y el reconocimiento por parte de los colombianos. El asunto es serio. En nuestro cine todo es serio (léase: crítico), siempre lo ha sido y al parecer así lo será. La idea de los premios es apenas un índice narrativo bastante revelador.

Treinta años atrás, tal vez más, en las salas de cine de nuestro país cuando no existían los multicines, se veían películas de muchas partes del mundo. Y si el cine comercial no permitía el acceso a producciones por fuera del circuito norteamericano, los cine clubes asumían ese reto y lo cumplían eficazmente. Pereira fue una meca del cine clubismo nacional. Hicimos historia… que ya se perdió y que por lo visto a nadie le importa recuperar. Es importante mencionar esto en relación con el tema de los premios mundiales al cine porque como decíamos al comienzo, la distribución y la exhibición de cine se orientan en parte por esos indicadores, no solo por la taquilla.

¿A quién le corresponde cambiar el panorama actual de la cartelera nacional? Mejor aún, ¿es posible cambiarlo? ¿Tendrán alguna idea al respecto la Dirección de Cinematografía o Proimágenes? ¿Será que la Academia con sus muchos programas universitarios dirigidos a la realización audiovisual puede o debe decir algo? Hemos avanzado en nuestra industria produciendo 10 o 15 películas al año pero… ¿cuántas de esas pueden hacer la diferencia? Cierto que logramos apoyar la realización de cortos con la ventana obligatoria de exhibición en salas nacionales, pero, ¿es suficiente? Hay cine maravilloso rodando por todo el planeta… ¿por qué no podemos verlo en una sala de cine?

El cine norteamericano es parte de la historia del cine mundial. La calidad de sus producciones es incuestionable en los casos más singulares y destacados. Grandes directores, guionistas, actores, fotógrafos, sonidistas… y sí, talentosos productores, nos han legado muchas obras maestras y muchas buenas películas. Y las nominadas este año son una prueba tangible de ese aporte. El asunto no es dejar de ver cine estadounidense, el asunto es poder ver más… mucho más de todos los rincones donde se invoca el mantra: “¡luces, sonido, cámara, acción!”

 

Por Luis Aldana Vásquez

Docente del Programa de Comunicación Audiovisual y Multimedios

Fundación Universitaria del Área Andina, Seccional Pereira.

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