El demonio interior

Publicado: mayo 14, 2014 en Uncategorized
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Comentario acerca del libro “Balas por encargo” del escritor pereirano Juan Miguel Álvarez 

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La venganza es un demonio, un parásito tan oscuro que se aferra a nuestra alma consumiéndonos y alimentándose de nosotros poco a poco para crecer, y así hacerse más fuerte, dejando un cascarón vacío que con el tiempo tiende a evaporarse liberando sus partículas que flotan por el cosmos.

Éste tipo de historias llenas de odio, miedo y sangre son muy común en un país como Colombia, donde un niño que crece en medio de la violencia y las drogas, va formando su camino pavimentado de cadáveres con tan solo recibir un arma de algún extraño, el cual al ofrecerle una buena paga, un vehículo y balas, lo compra para así volverlo su lacayo y dejar caer sobre él, el manto de la muerte.

En el texto (Balas por encargo – Editorial Rey Naranjo, año 2013), se relatan diferentes tipos de historias de sicarios, cada uno con el mismo destino que el anterior. La muerte, pero con un trayecto muy diferente, uno más temido que el otro, uno con un problema psicológico mucho más serio que los demás, uno que sobrevivió a todo esto, con la oportunidad de poder contar su historia. La forma en como sobrevivió de la maquiavélica mano de Ancizar Porras (Alias Rambo), tal vez uno de los más temidos en este relato.

Ancizar Porras (Alias Rambo) conocido sicario, un loco por completo que amaba asesinar sin importarle nada, escapar en varias ocasiones de su mano asesina, algo que pocos en este oficio logran hacer. Temido tanto por otros matones como por políticos, recorrió un largo camino con el que dejó tras de él a muchos cadáveres.

Lo que tienen ellos en común, por muy macabro que parezca, es que amaban lo que hacían, no tenían remordimientos de nada. La venganza para ellos era algo que alimentaba ese amor por el asesinato. Las disputas entre familias era lo que ocasionaba tal odio. Esto acompañado de la falta de educación y las condiciones en las que el país nos pone a los colombianos, que nos arrastran cada vez más a elegir la delincuencia, cruzar esa delgada línea entre el bien y el mal.

Un país donde las oportunidades son mínimas, los pobres deben rebuscarse el dinero de cualquier manera. Algunos con las agallas o el desespero que los hace llegar hasta límites inimaginables, y esto genera violencia.

Al igual que la despreocupación de su pueblo por estos actos, que los toman a mal pero por otra parte están siendo hipócritas, ya que rechazan de la peor manera estos actos violentos como los asesinatos y el narcotráfico. Pero a su vez compran los productos que el crimen usa para llenar sus bolsillos. Así que todo es como una paradoja, o un bucle interminable dónde una cosa alimenta la otra y viceversa.

Los sicarios de este país son como caballos desbocados. Toros sueltos en plena corrida por las calles de España. Entran en un frenesí asesino del cual es imposible pararlos. Sólo se detienen cuando han cumplido y saciado su sed de sangre.

Temidos por muchos, tanto gente de sus barrios, como políticos con grandes cargos en el gobierno. Los que no le temen o quieren controlarlos, los usan para su propio beneficio, sus matones a sueldo.

Las personas, victimas y demás solo pueden ver impotentes como estos demonios bajo la piel de hombres hacen y des hacen a sus anchas en un país lleno de cicatrices y remiendos.

Las historias contadas en este libro -del autor Juan Miguel Álvarez – habla de las ciudades de Pereira y Cartago. Yo, como ciudadano de Cartago (Norte del Valle) he oído historias por parte de mi padre, quien le tocó vivir ese periodo donde los sicarios mataban por doquier. Bueno, ahora lo hacen también, pero antes era un descontrol total.

A cualquier niño que vieran sin un futuro por delante lo reclutaban en su ejército de la oscuridad, les daban un arma y para entrenarlos les decían. “Salga al pueblo y mate a todo aquel que tenga una camiseta de color rojo, así mejora la puntería y coge finura”.

Usaban la droga como esa energía extra para realizar sus deberes sin ninguna compasión, y cuando simplemente sus jefes los veían como un estorbo o ya no los necesitaban, los mataban sin pensarlo dos veces.

En conclusión esto no ha acabado, pero en este país la violencia es constante, en unos pueblos siempre está presente. Aunque a veces es como un carrusel. Tiene fechas altas donde todo se calienta, y sus bajas donde es un poco más relajado. Pero siempre con la mirada asesina y la muerte sobre nuestros cuellos.

Escrito por:
Diego Pamplona
Estudiante III Semestre
Comunicación Audiovisual y Multimedios
Fundación Universitaria del Área Andina, seccional Pereira
dpamplona@funandi.edu.co
@CerealKillerD

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